Sin grandezas
No puedo mover montañas; mis manos apenas sostienen el peso de mis propias dudas. No prometo bajarte estrellas del cielo, ni pelear con dragones, ni caminar mil millas descalzo. No puedo conquistar el mundo, cruzar océanos, ni detener el tiempo.
Mi presupuesto apenas me alcanza para ser quien soy… y a veces, ni eso. Quisiera regalarte la luna, pero no puedo ni pagarte la cena en el lugar que sé que mereces. No podría llevarte en cruceros, si hasta me mareo en el autobús. Mis manos tiemblan al abrir una lata, ¿cómo van a derribar murallas por ti? No voy a conquistar continentes por tu amor… si me pierdo buscando direcciones.
No tengo músculos para cargar mundos, ni dinero para joyas que brillen como imagino que brillan tus ojos. No puedo escribir tu nombre en las nubes ni construirte castillos. Mi voz no llena estadios, mis versos no son inmortales.
Pero…
Si algún día me dieras la oportunidad, mi corazón terco te amaría con la intensidad de quien no tiene nada grandioso que ofrecer, pero todo su ser dispuesto a entregarse.
Dentro de esta carcasa con forma de humano vive un alma que al verte pensó en darte lo mucho y lo poco que posee: la vida en canciones, suspiros en versos y el mar en viajes que nunca terminen. Un humano que te vio y... sintió. Sintió como sienten los que se atreven a sentir.
Mi amor sería de café en tazas desiguales, de cantarte desafinado en la ducha. De besarte la frente cuando tengas fiebre, de cubrirte con una manta tibia cuando te duermas en el mueble del cansancio.
Mi amor sería de ver a nuestros niños jugar... de hecho, dime cuántos quieres que, aunque no tenga millones, empiezo a ahorrar para su universidad. Te ofrecería mis manos que tiemblan, pero que sabrían exactamente cómo acariciar tu espalda cuando el mundo te duela y arda. Te daría mis silencios cómodos, mis conversaciones de medianoche, mis abrazos que huelen a detergente, pero que te envolverían como si fueras lo más valioso del universo.
No te prometería perfección, pero sí presencia. Y cuando se trate de querer, te querría de la manera más genuina: sin poses, sin medida, sin disfraces.
Mi amor sería doméstico. Cotidiano. Imperfecto. Sería el amor de quien te amaría mientras lava platos, de quien te pensaría esperando el autobús, de quien te soñaría con los pies en la tierra.
Y si eso no fuera suficiente para ti… lo entendería. Pero si acaso tu corazón también está cansado de promesas grandilocuentes, si también anhelas un amor que no necesite disfraces, entonces tal vez podrías considerarme.
Porque a veces el amor más grande es el que no grita, el que no promete lo imposible, el que simplemente dice: “Soy esto que ves, con mis limitaciones y mis miedos… pero te amaría con todo lo que soy, y con todo lo que quiero llegar a ser. ” Y eso, quizás, sea más que suficiente.