Antes del mundo...
No hay alarma.
Despierto porque la luz entra de lado, no de frente. El cuarto sigue oscuro, pero el día ya existe. Me quedo quieto unos minutos. No miro el teléfono. La casa guarda silencio.
He llegado a una edad en la que los días ya no se distinguen por lo que sucede en ellos, sino por la forma en que regresan. No es vejez. Es atención.
Salgo del cuarto sin cruzarme con nadie. Camino hacia donde entra el aire. Todavía no hay café. Respiro. Hay escaleras que no sirven para subir ni bajar, sino para detenerse un momento y mirar el patio desde arriba.
Este es uno de esos lugares.
Nunca fui de cargar cosas pesadas. Con los años aprendí a moverlas de otra manera. No con fuerza, sino con paciencia. El cuerpo también aprende a durar. A veces cruje. A veces se demora. Pero responde.
La cocina despierta antes que las personas. Siempre supe que era el corazón de la casa. Todavía no hay nadie, pero todo está listo. Preparo café. Abro una puerta y el sonido del mundo entra despacio. Aquí nada es delicado. Este lugar aguanta risas, desorden, visitas inesperadas. Aguanta vida.
O eso me gusta pensar.
Más tarde la casa se llena. O se llena de la forma en que se llenan las casas con los años. Llegan hijos, amigos, gente querida. Cada uno hace lo suyo. No siempre los veo, pero los reconozco. La memoria tiene sus propias visitas. No necesito estar en el centro. Puedo participar, observar o retirarme sin desaparecer. Eso también es libertad.
Cuando necesito silencio, voy al estudio. Cierro una puerta. No trabajo. Dejo algo para que no se pierda. Un texto, una idea, una melodía que quizá nadie escuche. La luz entra siempre del mismo lado. Hay verde afuera. Aquí no se produce: aquí se entrega.
El calor llega y la casa no pelea con él. Almuerzo sin ceremonia. El tiempo no apura. Hay sombra suficiente, pisos frescos, aire que cruza. El cuerpo descansa porque el espacio sabe cómo cuidarlo. Aprendí que ciertas comodidades no reemplazan la compañía, pero la vuelven menos urgente.
Por la tarde el patio manda. La piscina no protagoniza: acompaña. Me siento un momento al borde. El agua sigue ahí, como siempre. El árbol hace lo que sabe hacer: dar sombra. Nadie le pide más.
Cuando cae la noche, la casa baja el volumen. Las luces son cálidas. Todo se aquieta sin irse. Hay una enorme diferencia entre silencio y soledad. Con los años, la soledad, como el tiempo, se vuelve una costumbre. Y algunas costumbres, contra todo pronóstico, resultan amables.
Al final vuelvo al cuarto. Oscuridad total. El mundo queda afuera. Duermo sin huir.
Y pienso, sin decirlo, que si la vida termina así, despacio, hecha de gestos mínimos, entonces estuvo bien vivida.
Aunque siempre quede algo sin entender. Como debe ser.