Callé

Callé

Pasé años evitando conflictos. Buscando la paz con todos. Siendo amable, comedido, templado, controlado. Como si eso me hiciera libre. No me di cuenta de que, al dejar mis puertas abiertas para que todos entraran, algunos empezaron a sentirse dueños de la casa. Mi permisividad fue confundida con una hoja en blanco.

Extraños comenzaron a escribir en mí. En lo que pensaba. En lo que quería. En lo que elegía. Y yo callé. Porque hablar habría roto la paz.

Mientras buscaba mi libertad, otros me querían esclavo de sus expectativas. Me convertí en martillo para quienes necesitaban clavar. En escalera para quienes querían subir. En bastón para quienes no sabían caminar solos. En todo, menos en mí.

Descubrí que para algunos, pensar distinto es una ofensa. Especialmente cuando no te alineas con ellos. Ser genuino es un acto de rebeldía.

Cuando decidí ser auténtico, mi autonomía empezó a incomodar.

Y yo no me inmiscuyo en el curso de otros ríos, pero los otros no siempre entienden que el mío también tiene cauce propio. Así que elegí la paz de otra forma: siguiendo mi propio camino.

Me alejé de lugares que llamé hogar. De cosas que poseí. De gente que quise profundamente. No por falta de amor. Sino porque ya no cabía.

Descubrí que la paz impuesta es la peor de las guerras.

Hoy entiendo que alejarse no es huir. Es delimitar el territorio del alma. Es elegir la soledad antes que la prisión disfrazada de compañía.

Porque si para estar con todos debo perderme, prefiero caminar solo a vivir en una celda que otros llaman libertad.