Sin armadura
Hoy he visto al hombre más seguro entrar a la sala con traje impecable. Con historia, con abolengo, con nombre hecho y trabajo propio. He visto cómo los demás bajan la voz a su paso. Cómo se abren caminos ante su presencia. Cómo el poder parece descansar en la palma de sus manos.
Lo he visto cautivar al mundo con sus palabras. El éxito lo sigue como una sombra fiel. Reputación, sí. Logros, por supuesto. Influencia, sin duda. Todo parecía estar en orden alrededor de él.
Y luego lo vi perder firmeza.
Vi cómo la grandeza de su mundo se encogía frente a una sola mirada. Solo importaba si ella sonreía. Si decía su nombre. Si todavía había un lugar para él en sus ojos.
Vi esos hombros, que parecían cargar imperios, encogerse bajo una lluvia inesperada de nervios. Vi sus manos firmes dudar. Vi su orgullo disolverse en segundos. Su ego quedarse sin argumentos. Su alma quedarse sin armadura. Vi cómo todo lo construido afuera dejaba de importar cuando adentro no había respuesta.
Ante la inmensidad del amor, la grandeza del mundo palidece.
Incluso el hombre más poderoso vuelve a ser simplemente un hombre, esperando que unos ojos sinceros le digan:
—Es bueno verte.