Tus Hombros
Por un momento fuimos dos extraños que se conocían de memoria.
Te vi, y el recuerdo me golpeó de frente: tu cuerpo siempre en batalla, tus hombros cargando lo que tu voz callaba. Yo no era tu dueño; era tu guardián. El que entendía que cuidar no es poseer, sino proteger y saber estar cuando el suelo se agrieta.
Mi forma de aligerar el peso de tu mundo nunca fue un discurso.
Mi gesto siempre fue un beso en tu hombro.
En el lugar donde la clavícula se rinde a la piel. Allí, donde la vulnerabilidad queda expuesta, mis labios depositaban la promesa de que todo estaría bien. Una palabra hubiera sido demasiado. Un abrazo, excesivo. El breve contacto de mis labios con tu piel era el bálsamo perfecto para que tu respiración volviera a ser humana.
Ese fue el lenguaje de nuestra historia. Nuestro acuerdo sin firma.
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El ruido de la calle me trajo de vuelta al presente. El tiempo ya había hecho lo suyo: nos cambió la voz, la piel y el código postal.
Coincidimos en la escalera de esa ciudad extraña. Algunas historias encuentran la manera de mirarse una vez más. Tus ojos chocaron con los míos. Estabas igual, pero distinta. Más ligera, como si finalmente hubieras soltado los lastres que te doblaban la espalda. Nuestras miradas se anclaron, cargadas de historias que ya no nos pertenecían.
Me incliné hacia ti. No como antes, pero con la misma intención. Olí tu cabello y supe que nada había cambiado del todo.
Sin permiso, pero con el derecho de lo que fue sagrado, busqué la piel que tu vestido dejaba al descubierto. Te miré a los ojos buscando el consentimiento del pasado y apoyé mis labios, por última vez, en tu hombro.
Sonreíste.
Y en ese segundo, todo estuvo bien otra vez. Mi paz todavía deseaba la tuya.
Nos soltamos. Nos dejamos ir sin habernos dado las manos. Ella siguió hacia el norte, y yo, como siempre, hacia donde el camino decidiera llevarme. Sin promesas de vuelta. Solo el acuerdo tácito de que esto era suficiente: el recordatorio de que una vez fuimos verdad.
Hay cierres que no necesitan explicaciones. Solo el peso de un gesto que sobrevive al olvido.
La vulnerabilidad. La promesa intacta.
Todo en un segundo. Todo en un hombro...
Todo en un beso.