Jueves de Cine
No soy de este tiempo, pensaba constantemente.
Lo creía con la seriedad silenciosa de quien no necesita convencer a nadie. No creo ser de esta época. Sino de algún jueves de los años veinte o treinta, cuando los hombres usaban sombrero sin pensarlo y la música salía de algún lugar en la pared y nadie le llamaba nostalgia a simplemente vivir así.
Nunca se lo había dicho a nadie. Era de esas convicciones que uno protege no por vergüenza sino porque ciertas cosas pierden sentido cuando se tratan de explicar.
Por eso él iba al Lux.
El cine de la calle Bogaert era, según entendía, uno de los pocos lugares en el mundo que seguía proyectando únicamente películas de los años veinte hasta los sesenta. Sin excepción. Sin concesiones. Llevaba más de cincuenta años en funciones, siempre en manos de la misma familia, y eso se notaba en cada detalle, en los afiches enmarcados que nadie había reemplazado, en la caseta de madera que crujía igual que el día en que la instalaron. Treinta butacas. Una pantalla del tamaño justo como para llamarse teatro. Y un olor tan peculiar que le recordaba, sin explicación posible, a algo anterior a él mismo.
Para su suerte, o para algo más que suerte, el teatro quedaba a tres cuadras de su trabajo. Cada jueves, al salir, compraba un helado de vainilla en la calle Doce y caminaba despacio hasta el Lux. Era su forma de salir de este siglo. Prefería los jueves porque el viernes era demasiado común, todo el mundo esperaba el viernes para empezar a vivir.
Él ya vivía desde antes.
El Lux lo sabía. Había desarrollado esa intuición. Con sus cincuenta años de funciones ininterrumpidas, y su madera que había absorbido el silencio de miles de escenas, el teatro había visto llegar a todo tipo de personas. Pero a él lo había visto llegar treinta y cuatro jueves seguidos. Lo conocía mejor que cualquiera.
Ella.
Amaba los jueves por razones distintas.
Había llegado al Lux después de que algo terminó, sin drama, sin anuncio, de esa forma en que las cosas a veces simplemente se van gastando. Necesitaba un lugar que no guardara memoria de nadie, un sitio donde nadie fuera a preguntarle cómo estaba con esa voz que en realidad pregunta cuándo vas a estar mejor. El Lux era exactamente eso para ella, un lugar donde el tiempo era de otra gente, de otra época, y eso la dejaba respirar.
Las películas viejas la calmaban de una manera que no sabía explicar. Algo en esas imágenes en blanco y negro, en esos gestos y esa música que llegaba de ninguna parte, le devolvía los latidos. No sabía por qué. Solo sabía que salía del Lux sintiéndose diferente a cuando entraba.
El teatro también la conocía a ella. Seis semanas. Siempre el mismo asiento.
Esa noche proyectaban Singin' in the Rain.
Él llegó tarde, como casi siempre. Venía caminando con el helado en la mano cuando un paso en falso le derramó una línea de vainilla sobre la camisa. Se detuvo. Tomó su servilleta, limpió el rastro y siguió caminando. Entró al Lux con la mancha todavía fresca y el helado a medio terminar.
Solo quedaba un asiento. Al lado de ella.
Se sentó. Dejó el abrigo sobre las piernas. Y entonces vio que ella sostenía el programa de mano, uno de esos que el Lux imprimía en papel amarillo, y que alguien había dibujado a bolígrafo, sobre el título, una lluvia pequeña y un poco torpe.
La miró más tiempo del necesario, como preguntándose por qué, y reconociendo que no debía importarle.
—Lo hice antes de entrar —dijo ella, sin voltearse—. Cuando algo me emociona mis manos se ponen creativas.
Él no supo si reír o callarse. Hizo las dos cosas, que es lo que uno hace cuando alguien lo sorprende siendo exactamente como uno esperaba que fuera sin saber que lo esperaba.
—Yo creo que ya había visto esta película —dijo—. Pero en otra vida.
Ella se volteó. Como si esa frase hubiera sido, sin que él lo supiera, la respuesta correcta a una pregunta que ella llevaba tiempo haciéndose. Lo miró un segundo. Solo uno.
—Yo también —dijo.
En el asiento F6 del viejo Lux, el apoyabrazos guardó el calor de dos codos que no se conocían.
Las luces se apagaron.
La primera escena comenzó.