Testigo...

Testigo...

Llegó sin permiso alguno. Con un rastro de misterio a su paso. Me contaba mi amigo sobre aquella que, trayendo consigo una historia en la que cabían los dos, se presenta delante él con un saludo en los dedos y una sonrisa doblada que encerraba la calidez de los días de verano.

Allí estaba ella, sorprendiendo su mañana y poniendo nuevas dudas en las páginas de los días. Pasó que, por un momento, la confusión causó silencio, hasta que algunas palabras se esparcieron en el aire.

Entonces, comienza el baile de quien escribe una historia sobre hojas encontradas alrededor del camino. El pasado se hizo presente y él descubre que el destino, si se puede llamar así, le ha mostrado a la mujer que jamás pensó conocer.

Ella, viajó del ayer, pero el hoy le hacía ver que es un tesoro escondido. Yo, quien escribo, sólo juego a ser testigo de las cosas que él me dice mientras sus ojos, sin recelo, brillan de la emoción.

Mientras me cuenta, me asombro, y pienso que ha de estar loco, pero por más que yo quiera no puedo cambiar su pensar.

—Si la vieras— me dice, al recostarse en la grama con las manos estiradas, describiendo sus bondades. —Es un cuento, o un poema. Ella es como esa canción que no te cansas de escuchar. Ella le ha hecho decir “qué bueno que hoy estás cerca”.

—Es el ingrediente perfecto para que no haya días tristes, y para hacer que los finales sean inicios disfrazados; pues, sin estar a su lado, su canción te hace soñar. Es como recuerdo el mar, en mis días de niño, con olas suaves en su voz que pueden calmar el miedo. Tiene la capacidad de secuestrar mi pensamiento y de inspirar algunas letras para mantener la costumbre.

Él continúa. Yo hago nota de sus gestos.

—Sí, ya sé que sueño, pero aunque sea por este instante, permíteme ser un tonto.

—Es como la tarde ¿sabes? Bueno, al menos le gusta pensar en que haya días más calientes, o menos fríos… ya me entenderás—. Rió.

Sí, yo también reí. La pasión en sus palabras hicieron que el sentimiento pudiera más que la lógica.

Creo que es suficiente ¿Qué tal si ya te detienes?

—Pues, no me detendré.

Otra vez volví a pensar en su grado de locura. Pero al escuchar la sinceridad en sus palabras no pude más que leerme en todos sus suspiros.

—Ya me entiendes — Me dijo.

Asentí.

—Es que ella es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. ¿Ya te dije que es un cuento? Ella es el final feliz hecho piel y huesos.